Nuevas Trenzas es un programa de investigación que busca generar y difundir conocimiento sobre quiénes son hoy en día las mujeres rurales jóvenes en 6 países de América Latina (Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Perú). Es coordinado por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), con el apoyo financiero de la División de América Latina y el Caribe del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA).
Las mujeres rurales jóvenes (14-35 años) representan una población significativa del Perú. Según el IEP, al 2012 sumaban ~1,3 millones, las que representan ~4% de la población nacional, ~16% respecto a la población rural, ~8% respecto al total de mujeres y ~12% respecto a la población joven nacional.
En este artículo trataré de resaltar los principales hallazgos de 2 publicaciones de Nuevas Trenzas con el IEP, ambas producto del mismo estudio de campo: “El nuevo perfil de las mujeres rurales jóvenes en el Perú” y “El uso, apropiación e impacto de las TIC por las mujeres rurales jóvenes en el Perú”, publicados en 2012 y 2013, respectivamente.
El estudio divide al grupo de las mujeres jóvenes rurales en 3 subgrupos: (i) entre 14 y 17 años, (ii) entre 18 y 25 años, y (iii) entre 26 y 35 años.
La metodología es cuantitativa (datos de la ENAHO a nivel nacional) y cualitativa (grupos focales y entrevistas a profundidad en las localidades estudiadas).
En lo que sigue, me enfoco principalmente en los resultados cualitativos y las tendencias cuantitativas; en los documentos respectivos se muestran números específicos que sustentan los hallazgos. Las descripciones que se hacen de ellas datan del 2012.
Las localidades de Nuevo Pedregal (Piura) y Andaray (Arequipa)
El estudio toma como muestra 2 localidades: (i) Nuevo Pedregal, en la región de Piura, provincia de Piura, distrito de Catacaos, y (ii) Andaray, en la región de Arequipa, provincia de Condesuyos, distrito de Andaray.
Nuevo Pedregal (distrito de Catacaos)
Esta localidad es una comunidad nueva, un centro poblado que no tiene más de 20 años y que es resultado de una invasión de terrenos. La mayoría de viviendas carece de servicios básicos como electricidad, desagüe, telefonía fija, así como de infraestructura urbana, como pistas y veredas.
El uso de Internet es aún más escaso. No hay servicios de cabinas en el centro poblado, por lo que quienes desean utilizar Internet deben ir a Pedregal Grande, donde funciona una cabina, o a Catacaos, donde funcionan alrededor de 6.
Nuevo Pedregal se encuentra a unos 45 minutos de Piura, la capital de departamento, y a 20 minutos de Catacaos, la capital del distrito, a donde las mujeres van para a acceder a servicios de salud y educación, entre otros. No obstante la cercanía geográfica, no hay una articulación muy dinámica entre Nuevo Pedregal y estas ciudades.
Andaray (distrito de Andaray)
Andaray se encuentra a 8 horas de la ciudad de Arequipa, la segunda ciudad del país. La ciudad intermedia más cercana, Chuquibamba, se encuentra a cinco horas. A pesar de ello, los habitantes tienen una vida muy vinculada a ambas ciudades y una articulación muy fluida. Por otro lado, por lo general todas las viviendas cuentan con servicios básicos.
En 2009 llegó a Andaray la cobertura de telefonía móvil del principal operador privado del país, que hasta el 2012 seguía siendo la única empresa que operaba en la zona.
El nuevo perfil de las mujeres rurales jóvenes en el Perú
El estudio analiza 4 brechas:
- Brecha de lugar de residencia, que separa a las mujeres rurales jóvenes de sus contemporáneas urbanas
- Brecha de género, que separa a las mujeres rurales jóvenes de los hombres rurales de su mismo grupo de edad
- Brecha de generación, que separa a las mujeres rurales jóvenes de sus abuelas y madres rurales
- Brecha de pobreza, que dentro del grupo de mujeres rurales jóvenes diferencia a aquellas que viven en un hogar en situación de pobreza de quienes viven en hogares no pobres.
Los datos sociodemográficos dejan claramente establecido que las mujeres rurales jóvenes están sujetas a fuertes brechas en todos los aspectos analizados: geografía, género y pobreza.
Sin embargo, en muchos casos estas brechas son menores para el conjunto de mujeres rurales de 18 a 25 años que para otras generaciones. Por esta razón, el estudio considera importante enfatizar la necesidad de tratar a la juventud rural como un grupo heterogéneo, que requiere de políticas que tomen en cuenta diferencias de género, edad y ubicación geográfica.
Educación
Es frecuente que las mujeres rurales se matriculen en la escuela, no obstante muchas veces no completan el año o no pasan los exámenes, sobre todo en las mayores, algunas porque su familia ya no tiene dinero para enviarla a la escuela, porque consiguen un trabajo fuera o porque empiezan a convivir.
Además, un discurso frecuente de las jóvenes que dejaron los estudios a la mitad, y al parecer por voluntad propia, es que los estudios “no eran para ellas”. Muchas veces estas jóvenes ante la posibilidad de tener un empleo y con ello algunos ingresos inmediatos, dejan de ver en la educación una forma de salir adelante. Otras, encuentran en el matrimonio o en la convivencia, la misma utilidad práctica. No obstante, se trata de un comentario cargado de un poco de arrepentimiento – y es desde ahí también donde toma fuera el discurso en favor de que sus hijas terminen la escuela.
Las brechas en educación persisten; sin embargo queda claro que van disminuyendo mientras menores son las jóvenes.
Además, los datos cualitativos parecen indicar que las familias y las mismas jóvenes están dispuestas a priorizar el gasto en educación. Así, muchas jóvenes migran a la ciudad o a zonas más dinámicas durante las vacaciones de verano, para trabajar y juntar dinero para sus útiles escolares. Hay veces, incluso, que trabajan a cambio de los mismos útiles. También es frecuente que los hermanos mayores, sean hombres o mujeres, y a pesar de no haber tenido la misma oportunidad, ayuden a pagar la educación de sus hermanos menores. Finalmente, una de las motivaciones para que las madres rurales emprendan una iniciativa laboral o busquen empleo es poder asegurarles una educación a sus hijos.
Estado civil
Las mujeres rurales tienden a preferir la convivencia por razones prácticas, pues casarse suele ser demasiado caro y prefieren destinar el dinero a otras cosas, como alimentación, mejorar o construir una vivienda, educar a los hijos. No obstante, si bien en la práctica, convivir o estar casados es lo mismo, muchas mujeres esperan algún día poder casarse. Ellas piensan que al estar casadas tendrán más legitimidad e incluso autoridad frente a su pareja.
En las zonas urbanas el porcentaje de mujeres jóvenes solteras es mayor que en las zonas rurales. Lo mismo ocurre al analizar la brecha de género. Las mujeres rurales jóvenes tienden a formar una familia bastante antes sus pares hombres. Adicionalmente, las mujeres rurales jóvenes forman familias antes que las no pobres.
Tenemos, entonces que, a mayor pobreza y menores oportunidades de estudiar, más posibilidades de formar un nuevo hogar.
El estudio identificó que un momento crítico en la vida de las mujeres jóvenes rurales es entre los 18 y 22 años, edad en la que suelen formar un hogar.
Estrategias de vida
El estudio encuentra indicios de un proceso de independencia por parte de los hombres, que sin embargo es casi inexistente para las mujeres.
Las mujeres más jóvenes, sobre todo las solteras, suelen trabajar por temporadas en distintas actividades, según las posibilidades de los territorios donde habiten (fábricas, grandes campos de cultivo, micro comercialización). Por otro lado, en los últimos tiempos, ha aumentado la cantidad de mujeres que consigue trabajo, también eventuales, como obreras, sobre todo cuando las municipalidades u otras instituciones del sector público realizan obras de saneamiento o de infraestructura urbana.
El cuidado sigue “feminizado” en las zonas rurales del Perú. Las mujeres, desde muy jóvenes, realizan trabajos en el hogar: cocinan, lavan y cuidan a sus hermanos menores. Son actividades que realizarán a lo largo de sus vidas, al margen de cualquier otra actividad que desarrollen.
Sin embargo, muchas veces más adelante en sus vidas las mujeres empiezan a buscar empleos remunerados. No obstante, se trata de trabajos o emprendimientos adicionales a los quehaceres del hogar, de actividades independientes que pueden realizar en casa, con un horario flexible o mientras los niños van a la escuela. Así una de las mejores alternativas para ellas es abrir algún negocio pequeño. En Andaray, por ejemplo, muchas mujeres fabrican queso, tienen una bodega o una pensión en sus casas. En Nuevo Pedregal, en cambio, algunas se dedican a preparar chicha y otras a tejer artesanías con paja.
Relación con el Estado
El estudio analiza 2 variables: la tenencia de documento nacional de identidad (DNI) y la existencia de título de propiedad en las viviendas que habitan las mujeres rurales jóvenes.
Existe una brecha geográfica muy pequeña en la tenencia de DNI. Esto es consistente con el proyecto de identidad “Inclusión social: Identidad y ciudadanía”, desarrollado desde 2008, por la Defensoría del Pueblo y el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC). En cambio, con relación al título de propiedad, sí existe una brecha geográfica. Por otra parte, no se encuentra mayor diferencia en la brecha de género ni en la de pobreza.
El uso, apropiación e impacto de las TIC por las mujeres rurales jóvenes en el Perú
El segundo informe brinda una primera aproximación sobre la relación entre género, desarrollo y nuevas tecnologías, específicamente entre la telefonía móvil e Internet y el colectivo de mujeres rurales jóvenes en las 2 localidades estudiadas.
Percepciones y prácticas con sesgos de género
En Nuevo Pedregal, los hombres utilizan más el celular y poseen uno con más frecuencia que las mujeres. Para ellos, especialmente para los mayores, el celular es una herramienta de trabajo a través de la que esperan ser contactados, así sea para tareas eventuales.
En Andaray, en cambio, las mujeres de los diferentes grupos de edad —incluso las mayores— opinan que son ellas quienes utilizan el celular más que los hombres. A quienes tienen un negocio propio les permite comunicarse y coordinar con sus clientes o intermediarios, con lo que evitan viajar con demasiada frecuencia a las ciudades cercanas.
Las mujeres mayores usan el teléfono móvil estrictamente para fines de comunicación, mientras que las jóvenes utilizan sobre todo las funciones extra: la música y la cámara de fotos.
El celular satisface, por un lado, la necesidad de comunicación de las jóvenes con personas relacionadas a su trabajo, con sus familiares y con sus amigos.
El celular también abre posibilidades de pertenencia a un grupo. Al mismo tiempo, les permite un espacio de privacidad: pueden hablar con sus pares, hombres y mujeres, sin que sus padres las escuchen; pueden intercambiar mensajes o fotografías, a través de redes sociales y, principalmente, de manera directa mostrándolas en el equipo.
En última instancia, entonces, el celular, más allá de su valor comunicativo, tiene valor social, ya que permite ganar algo de independencia —o, puesto de otra forma, esquivar de cierto modo el control— de los padres o incluso de sus parejas.
En el caso de Internet, las mujeres de ambas localidades afirman que los hombres usan con más frecuencia este medio, aunque esto no quiere decir que ellas no lo usen. Si comparamos los distintos grupos de edad, son las mujeres entre 14 y 17 años quienes están más familiarizadas con este servicio y les gusta utilizarlo.
Otro punto por considerar son las normas de género que aún permanecen vigentes y que condicionan una apropiación diferenciada de las nuevas TIC. A diferencia del celular, para usar Internet las mujeres deben movilizarse a las cabinas para acceder a esta tecnología. Este desplazamiento implica costos en tiempo y dinero, además de suponer una interacción social que no siempre está bien vista.
Las jóvenes participantes en los grupos focales piensan que los hombres saben “moverse” mejor por Internet, tienen mayor conocimiento y han desarrollado más habilidades que ellas.
Según las jóvenes, a diferencia de los hombres ellas no chatean mucho, pues prefieren conversar con sus amigas en el colegio o en sus tiempos libres. Cuentan que casi todos sus compañeros hombres van a las cabinas de Internet a ver videos de música, jugar y chatear “con amigas”.
En resumen, a partir de los grupos focales y de las entrevistas realizadas con mujeres rurales jóvenes, parecería que estas no han logrado apropiarse tanto de esta tecnología como los hombres, principalmente por sesgos en las normas de género que exigen más responsabilidades y presentan más restricciones para las mujeres.
Brecha generacional
En este caso, sí se puede hablar con propiedad de una brecha, es decir, de un elemento de desigualdad negativa derivada de condiciones estructurales diferentes. Las mujeres rurales jóvenes han tenido la posibilidad de acceder a las nuevas tecnologías de comunicación e información de una manera nunca soñada por sus madres y abuelas.
Esto se debe, sobre todo, al momento de contacto con esta tecnología, casi siempre ligado a la escuela. Por un lado, el lento ritmo de penetración en las zonas rurales impidió que Internet estuviera disponible cuando las madres y abuelas de las actuales mujeres rurales jóvenes estudiaron. Por otro lado, es cierto también que en los últimos años se ha producido una masiva incorporación de las mujeres rurales a la escuela, las cuales ahora, en comparación con hace apenas dos décadas, estudian tanto como sus pares hombres.
En resumen, a diferencia de lo que sucede con el celular, observamos que el nivel educativo sí influye en el uso de Internet: a más años de estudio, más uso de Internet.
En este caso, ser joven se convierte en una marca de identidad mucho más fuerte que ser mujer o ser rural.
El espacio de la transgresión
En Andaray y Nuevo Pedregal existe una valoración positiva del celular e Internet. No existe aún un discurso que perciba a estas tecnologías como elementos “corruptores” o riesgosos. Las mujeres rurales aún no se plantean la posibilidad de que sus hijos o sus pares incurran en conductas indebidas incitadas por su relación con las TIC.
El celular es muy valorado por los padres como herramienta de comunicación con sus hijas, a quienes consideran que deben proteger más que a los hombres.
El celular, por lo tanto, puede ser visto como una herramienta de control intergeneracional. Sin embargo, al mismo tiempo es también una herramienta de trasgresión. En un contexto donde la privacidad es escasa y la discreción es muy valorada, la telecomunicación móvil se convierte en un valor incalculable para la consolidación y la gestión de las relaciones íntimas lejos de la mirada de los miembros de la familia, vecinos y otros socios.
Esta función se vuelve aún más importante para ellas si tomamos en cuenta que la mayoría de casas rurales solo tiene uno o dos espacios separados que se comparten entre todos los miembros del hogar.
En el ámbito social, el celular también les permite relacionarse con chicos sin tener que interactuar cara a cara y, por lo tanto, con menos temor.
Uno de los mayores usos que les dan a sus celulares es el de conversar con sus esposos, que salen desde muy temprano a trabajar a la chacra o a la mina. Es interesante, sin embargo, que las llamadas sean hechas principalmente por los esposos para saber cómo están ellas y también para avisarles a qué hora volverán a casa, es decir, en lo que podríamos denominar funciones de control y disciplina.
Frente a este uso del celular como herramienta de control, en otros casos, sin embargo, el mismo hecho de comprarse uno puede ser un gesto de trasgresión, una suerte de acto de reafirmación, para establecer cierto nivel de autonomía en la relación de pareja.
Conclusiones
En las localidades analizadas, la introducción de telefonía móvil e Internet es bastante reciente y su impacto todavía es limitado. Sin embargo, de manera incipiente, las TIC están abriendo la posibilidad de incrementar significativamente el capital social de las mujeres rurales jóvenes y de generar nuevos espacios de individuación, que a su vez resultan en mayores márgenes de autonomía.
De esta manera, se puede hablar de una reconfiguración de brechas de desigualdad que afectan a las jóvenes rurales. El mayor acceso a la telefonía celular e Internet, especialmente de parte de los grupos de menor edad, ha dado paso a nuevas dinámicas sociales que tienen consecuencias no solo en la vida de cada joven sino también en sus familias y comunidades.
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